¿Qué actitud debemos tomar nosotros los cristianos, frente a los problemas de orden social, político y económico? ¿Cuál debe ser la actitud de la iglesia contemporánea ante la corrupción político-administrativa, la violencia, la mala educación, servicios de salud deficiente, los desamparados y la falta de rehabilitación de los prisioneros?..
Pues, esta es una queja que hemos estado oyendo por décadas en donde se le reclama al cristianismo su falta de interés. Motivado por este reclamo, trataré de compartir algunas pautas sobre el acercamiento cristiano a dicha problemática.
Algunos creen que la única responsabilidad que tenemos frente a la sociedad es “predicar el Evangelio y punto”.
Otros ni siquiera sienten interés por este desafío y están cómodos viviendo un cristianismo espiritualizado.
¿Cuáles son las verdaderas razones que deben movernos a ser parte de esta solución?.. Dos son las razones que nos impone pensar y actuar frente a nuestra responsabilidad social: El Amor y el pecado.
1. El Amor.
Habernos comprometido con Cristo significa habernos comprometido con el hombre. Jesús nos pide que nos demos en la misma medida que El lo hizo.
...Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y mayor mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a tí mismo”(Mateo 22:37-39)
A partir de la conversión nuestra visión del ser humano cambia, y vemos en Jesucristo una oportunidad de acercarnos al hombre siendo éste objeto de la inversión de nuestro amor. O sea, la responsabilidad social del cristiano es una tarea impuesta por el amor.
Nuestra responsabilidad social va más allá del simple humanitarismo. Porque no buscamos solamente que las estructuras den al ser humano una vida más placentera y un futuro seguro y próspero; buscamos en última instancia, que el hombre pueda comprender que tiene un “Padre Celestial” que a través de Jesucristo ha intervenido en la historia para rescatarlo completamente. Y esto implica la comunión entre el hombre y Dios.
Si rescatamos al hombre de la opresión económica solamente y no lo ponemos en contacto con su Padre Dios, seguirá alienado y perdido.
2. El Pecado.
Nuestra entrega a Jesucristo nos ha concientizado sobre los horrores del pecado y despertado a la realidad del Diablo y sus huestes. El pecado ha penetrado en todas las esferas de la sociedad creando estructuras de injusticia que fomentan el egoísmo, la pobreza y la dependencia. Y esto ha creado dolor y resentimiento contra Dios cómo si es su culpa, dañando la imagen y la relación que El quiere tener con el hombre.
Cómo Jesucristo estamos llamados a orar y hacer ver todo aquello que impida al hombre el libre ejercicio de su identidad cómo creaturas con propósitos.